|
La elegancia es un concepto hermoso. Hasta que alguien la define con un zapato en punta y una suela de piedra.
Te quería contar una pequeña historia con la que tal vez te sientas identificado. Antes de dedicarnos por completo a Zapiens, con Fede estuvimos un año en nuestros trabajos en relación de dependencia para poder reinvertir hasta el último centavo posible. En mi caso, estudié abogacía, lo que por algún motivo conlleva usar traje y zapatos para poder dar consistencia a la entonación del clásico “depende”.
Nunca me molestó usar traje. De hecho me gustan las corbatas y hasta podría decir que las extraño. Lo que siempre me costó fue usar zapatos, desde antes de saber que existía el barefoot me los sacaba abajo del escritorio para trabajar hasta que me tuviera que volver a parar. Ese año de coincidencia con Zapiens tomé el valor de empezar a ir al trabajo con zapatillas. Rara vez con el traje, pero sí con un pantalón de vestir y un saco. Me parecía que correctamente combinados quedaban diez puntos con las Zeta Beige.
Un día le pidieron a mi jefe de aquel entonces, mi último jefe en el ministerio de economía, que modificara su agenda porque estaba en Buenos Aires el ministro de economía de Austria (lo googlé y no sigue en el cargo) y había solicitado reunirse con él por consultas concretas sobre el marco de algunas inversiones. Como es el tema en el que me especialicé los últimos años ( y que además me apasiona, amé trabajar tantos años en el estado y cada inversión para el país en la que haya modestamente intervenido me genera un orgullo único) me pidió que lo acompañase por si había alguna consulta más técnica.
La cuestión, cuando se acercó a mi escritorio, es que notó que tenía zapatillas. Imaginate. Un hombre su sexta década .Hijo del paradigma de su época. Que trabajó toda su vida como abogado y las últimas décadas como socio de los estudios jurídicos más grandes de Buenos Aires. Yo siempre me lo imaginé usando zapatos, traje y gemelos hasta para leer el diario un sábado a la mañana.
Le guardo un gran afecto y además de buena persona siempre fue cálido conmigo pero en ese momento sentí como nunca el choque generacional. Me miró las zapatillas y me dijo “Tati, perdón, yo te debí haber avisado con más anticipación de esta reunión. Prefiero que no vengas con zapatillas”.
La verdad es que nunca soporté quedarme afuera de nada así que me acuerdo corriendo por los pasillos del quinto piso, bajando las escaleras de dos en dos y comprando unos zapatos en una zapatería a dos cuadras del ministerio. Los dedos apretándose nuevamente. Entrando en el zapato en punta negro al ritmo de la claudicación de mi rebeldía.
A partir de ese momento quedaron en mi cajón para emergencias. Ahora trabajo en un lugar donde las reuniones son en zapatillas. Pero no me contento con una revolución solo para mí. Me gustaría, aunque me exceda, que pudiéramos cambiar ese paradigma estético de terminación en punta. Además, ¿qué haré cuando me case? |
|

